LAS FUENTES SUBTERRÁNEAS DEL PODER
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en mercados diversos y puede abrir amplios mercados nuevos entre
los países socialistas; los Estados Unidos carecen de medios para blo-
quear, a escala universal, las ventas del cobre que los chilenos se
disponen a recuperar. Muy distinta era, por cierto, la situación del
azúcar cubana doce años atrás, destinada enteramente al mercado
norteamericano y por entero dependiente de los precios norteameri-
canos. Cuando Eduardo Frei ganó las elecciones del ’64, la cotización
del cobre subió de inmediato con visible alivio; cuando Allende ganó
las del ’70, el precio, que ya venía bajando, declinó aún más. Pero el
cobre, habitualmente sometido a muy agudas fluctuaciones de pre-
cios, había gozado de precios considerablemente altos en los últimos
años y, como la demanda excede a la oferta, la escasez impide que el
nivel caiga muy abajo. A pesar de que el aluminio ha ocupado en gran
medida su lugar como conductor de electricidad, el aluminio tam-
bién requiere cobre, y en cambio no se han encontrado sucedáneos
más baratos y eficaces para desplazarlo de la industria del acero ni de
la química, y el metal rojo sigue siendo la materia prima principal de
las fábricas de pólvora, latón y alambre
21
.
Todo a lo largo de las faldas de la cordillera, Chile posee las mayores
reservas de cobre del mundo, una tercera parte del total hasta ahora
conocido. El cobre chileno aparece por lo general asociado a otros
metales, como oro, plata o molibdeno. Esto resulta un factor adicional
para estimular su explotación. Por lo demás, los obreros chilenos son
baratos para las empresas: con sus bajísimos costos de Chile, la Ana-
conda y la Kennecott financian con creces sus altos costos en Estados
Unidos, del mismo modo que el cobre chileno paga, por la vía de los
«gastos en el exterior», más de diez millones de dólares por año para el
mantenimiento de las oficinas en Nueva York. El salario promedio de
las minas chilenas apenas alcanzaba, en 1964, a la octava parte del
salario básico en las refinerías de la Kennecott en los Estados Unidos,
pese a que la productividad de unos y otros obreros estaba al mismo
nivel
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. No eran iguales, en cambio, ni lo son, las condiciones de vida.
Por lo general, los mineros chilenos viven en camarotes estrechos y
sórdidos, separados de sus familias, que habitan casuchas miserables
21
R. I. Grant-Suttie, Sucedáneos del cobre, en Finanzas y Desarrollo, revista del
FMI y el BIRF, Washington, junio de 1969.
22
Mario Vera y Elmo Catalán, La encrucijada del cobre, Santiago de Chile, 1965.