
EDUARDO GALEANO
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ción, conquista fundamental de la revolución del ’52, no había mo-
dificado el papel de Bolivia en la división internacional del trabajo.
Bolivia continuó exportando el mineral en bruto, y casi todo el esta-
ño se refina todavía en los hornos de Liverpool de la empresa Williams,
Harvey and Co., que pertenece a Patiño. La nacionalización de las
fuentes de producción de cualquier materia prima no es, como lo
enseña la dolorosa experiencia, suficiente. Un país puede seguir tan
condenado a la impotencia como siempre, aunque se haya hecho
nominalmente dueño de su subsuelo. Bolivia ha producido, todo a lo
largo de su historia, minerales en bruto y discursos refinados. Abun-
dan la retórica y la miseria; desde siempre, los escritores cursis y los
doctores de levita se han dedicado a absolver a los culpables. De cada
diez bolivianos, seis no saben, todavía, leer; la mitad de los niños no
concurre a la escuela. Recién en 1971, Bolivia ha de tener en funcio-
namiento su propia fundición nacional de estaño, levantada en Oruro
al cabo de una historia infinita de traiciones, sabotajes, intrigas y san-
gre derramada
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. Este país que no había podido, hasta ahora, produ-
gusta dar a los sirvientes algo de calma y de paz», confesaba la señora,
mientras explicaba a Charlotte Curtis su programa del día.
Después, es el tiempo de las vacaciones de montaña en Suiza; los fotógrafos
y los periodistas se abalanzaban sobre los condes y los artistas de moda en
Saint Moritz. Una millonaria de cincuenta años acaba de perder a su segun-
do marido, vicepresidente de la Ford, y sonríe ante los flashes: anuncia su
próximo matrimonio con un jovencito que la toma del brazo y mira con
ojos asustados. Al lado, otra pareja del gran mundo. Él es un hombre de
baja estatura y rasgos de indio; cejas espesas, ojos duros, nariz aplastada,
pómulos salientes. Antenor Patiño continúa pareciendo boliviano. En una
revista, Antenor aparece disfrazado de príncipe oriental, con turbante y
todo, entre varios príncipes auténticos que se han reunido en el palacio del
barón Alexis de Rédé: la princesa Margarita de Dinamarca, el príncipe
Enrique, María Pía de Saboya y su primo el príncipe Miguel de Borbón-
Parma, el príncipe Lobckowitz y otros trabajadores.
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Cuando el general Alfredo Ovando anunció, en julio de 1966, que se había
llegado a un acuerdo con la empresa alemana Klochner para instalar los
hornos estatales, dijo que tendrían un nuevo destino «esas pobres minas que
solamente han servido, hasta ahora, para abrir socavones en los pulmones de
nuestros hermanos mineros». Esos hombres que dan su vida por el mineral,
escribía Sergio Almaraz Paz (El poder y la caída. El estaño en la historia de
Bolivia, La Paz-Cochabamba, 1967), «no lo poseen. Nunca lo poseyeron; ni
antes ni después de 1952. Porque lo que sucede es que el estaño nada vale en
cuanto a aprovechamiento inmediato si no es bajo el brillante aspecto de un