HISTORIA DE LA MUERTE TEMPRANA
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«Las finanzas de estos jóvenes estados –escribe Schnerb– no están
saneadas... Se hace preciso recurrir a la inflación, que produce la de-
preciación de la moneda, y a los empréstitos onerosos. La historia de
estas repúblicas es, en cierto modo, la de sus obligaciones económicas
contraídas con el absorbente mundo de las finanzas europeas.»
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Las
bancarrotas, las suspensiones de pagos y las refinanciaciones deses-
peradas eran, en efecto, frecuentes. Las libras esterlinas se escurrían
como el agua por entre los dedos de la mano. Del empréstito de un
millón de libras concertado por el gobierno de Buenos Aires, en 1824,
ante la casa Baring Brothers, la Argentina recibió nada más que 570
mil, pero no en oro, como rezaba el convenio, sino en papeles. El
préstamo consistió en el envío de órdenes de pago para los comer-
ciantes ingleses radicados en Buenos Aires, y ellos no disponían de oro
para entregarlo al país porque su misión consistía, justamente, en
enviar a Londres cuanto metal precioso les pasara cerca de los ojos. Se
cobraron, pues, letras, pero hubo que pagar, eso sí, oro reluciente: casi
a principios de nuestro siglo, Argentina canceló esta deuda, que se
había hinchado, a lo largo de las sucesivas refinanciaciones, hasta los
cuatro millones de libras
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. La provincia de Buenos Aires había queda-
do hipotecada en su totalidad –todas sus rentas, todas sus tierras pú-
blicas– en garantía del pago. Decía el ministro de Hacienda, en la
época en que se contrató el empréstito: «No estamos en circunstan-
cias de tomar medidas contra el comercio extranjero, particularmen-
te inglés, porque hallándonos empeñados en grandes deudas con aque-
lla nación, nos exponemos a un rompimiento que causaría grandes
males...» La utilización de la deuda como un instrumento de chantaje
no es, como se ve, una invención norteamericana reciente.
Las operaciones agiotistas encarcelaban a los países libres. A me-
diados del siglo
XIX, el servicio de la deuda externa absorbía ya casi el
cuarenta por ciento del presupuesto de Brasil, y el panorama resulta-
ba semejante por todas partes. Los ferrocarriles también formaban
parte decisiva de la jaula de hierro de la dependencia: extendieron la
influencia imperialista, ya en plena época del capitalismo de los mo-
nopolios, hasta las retaguardias de las economías coloniales.
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Robert Schnerb, Le XIXe siècle. L’apogée de l’expansion européenne (1815-
1914), tomo VI de la historia general de las civilizaciones dirigida por
Maurice Crouzet, París, 1968.
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R. Scalabrini Ortiz, op. cit.