EDUARDO GALEANO
278
a los grandes consorcios norteamericanos, teme mucho más a la pre-
sión de las masas populares que a la opresión del imperialismo, en cuyo
seno se está desarrollando sin la independencia ni la imaginación crea-
dora que se le atribuyen, y ha multiplicado eficazmente sus intereses
18
.
En Argentina, el fundador del Jockey Club, centro del prestigio social
de los latifundistas, había sido, a la vez, el líder de los industriales
19
, y así
se inició, a fines del siglo pasado, una tradición inmortal: los artesanos
enriquecidos se casan con las hijas de los terratenientes para abrir, por la
vía conyugal, las puertas de los salones más exclusivos de la oligarquía, o
compran tierras con los mismos fines, y no son pocos los ganaderos que,
por su parte, han invertido en la industria, al menos en los períodos de
auge, los excedentes de capital acumulados en sus manos.
Faustino Fano, que hizo buena parte de su fortuna como comer-
ciante e industrial de textiles, se convirtió en presidente de la Socie-
dad Rural durante cuatro períodos consecutivos, hasta su muerte en
1967: «Fano destruyó la falsa antinomia entre el agro y la industria»,
proclamaban las necrológicas que los diarios le dedicaron. El exce-
dente industrial se convierte en vacas. Los hermanos Di Tella, pode-
rosos industriales, vendieron a los capitales extranjeros sus fábricas
de automóviles y heladeras, y ahora crían toros de cabaña para las
exposiciones de la Sociedad Rural. Medio siglo antes, la familia An-
chorena, dueña de los horizontes de la provincia de Buenos Aires,
había levantado una de las más importantes fábricas metalúrgicas de
la ciudad.
En Europa y en Estados Unidos la burguesía industrial apareció
en el escenario histórico muy de otra manera, y muy de otra manera
creció y consolidó su poder.
18
«Los capitalistas mexicanos son cada vez más versátiles y ambiciosos. Con
independencia del negocio que les haya servido de punto de partida para
hacer fortuna, disponen de una fluida red de canales que a todos, o al menos
a los más prominentes, brinda siempre la posibilidad de multiplicar y entre-
lazar sus intereses a través de la amistad, la asociación en los negocios, el
matrimonio, el compadrazgo, el otorgamiento de favores mutuos, la perte-
nencia a ciertos clubes o agrupaciones, las frecuentes reuniones sociales y,
desde luego, la afinidad en sus posiciones políticas.» Alonso Aguilar
Monteverde, en El milagro mexicano, de varios autores, México, 1970.
19
Era Carlos Pellegrini. Cuando el Jockey Club le rindió homenaje editando
sus discursos, suprimió los que sostenían las tesis industrialistas. Dardo
Cúneo, op. cit.