FIEBRE DEL ORO, FIEBRE DE LA PLATA
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y de la plata, monopolizaban las letras de cambio, impedían la extrac-
ción de la lana y arrojaban de los puertos británicos a los mercaderes
de la Liga Hanseática del Mar del Norte. Mientras tanto, las repúbli-
cas italianas protegían su comercio exterior y su industria mediante
aranceles, privilegios y prohibiciones rigurosas: los artífices no po-
dían expatriarse, bajo pena de muerte.
La ruina lo abarcaba todo. De los 16 mil telares que quedaban en
Sevilla en 1558, a la muerte de Carlos V, sólo restaban cuatrocientos
cuando murió Felipe II, cuarenta años después. Los siete millones de
ovejas de la ganadería andaluza se redujeron a dos millones. Cervantes
retrató en Don Quijote de la Mancha –novela de gran circulación en
América– la sociedad de su época. Un decreto de mediados del siglo
XVI hacía imposible la importación de libros extranjeros e impedía a los
estudiantes cursar estudios fuera de España; los estudiantes de Sala-
manca se redujeron a la mitad en pocas décadas; había nueve mil
conventos y el clero se multiplicaba casi tan intensamente como la
nobleza de capa y espada; 160 mil extranjeros acaparaban el comercio
exterior y los derroches de la aristocracia condenaban a España a la
impotencia económica. Hacia 1630, poco más de un centenar y medio
de duques, marqueses, condes y vizcondes recogían cinco millones de
ducados de renta anual, que alimentaban copiosamente el brillo de sus
títulos rimbombantes. El duque de Medinaceli tenía setecientos cria-
dos y eran trescientos los sirvientes del gran duque de Osuna, quien,
para burlarse del zar de Rusia, los vestía con tapados de pieles
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El siglo
XVII fue la época del pícaro, el hambre y las epidemias. Era
infinita la cantidad de mendigos españoles, pero ello no impedía que
también los mendigos extranjeros afluyeran desde todos los rincones
de Europa. Hacia 1700, España contaba ya con 625 mil hidalgos,
señores de la guerra, aunque el país se vaciaba: su población se había
reducido a la mitad en algo más de dos siglos, y era equivalente a la de
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La especie no se ha extinguido. Abro una revista de Madrid de fines de
1969, leo: ha muerto doña Teresa Bertrán de Lis y Pidal Gorouski y Chico
de Guzmán, duquesa de Albuquerque y marquesa de los Alcañices y de los
Balbases, y la llora el viudo duque de Albuquerque, don Beltrán Alonso
Osorio y Díez de Rivera Martos y Figueroa, marqués de Alcañices, de los
Balbases, de Cadreita, de Cuéllar, de Cullera, de Montaos, conde de
Fuensaldaña, de Grajal, De Huelma, de Ledesma, de la Torre, de Villanueva
de Cañedo, de Villahumbrosa, tres veces Grande de España.