FIEBRE DEL ORO, FIEBRE DE LA PLATA
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Los esclavos se llamaban «piezas de Indias» cuando eran medi-
dos, pesados y embarcados en Luanda; los que sobrevivían a la trave-
sía del océano se convertían, ya en Brasil, en «las manos y los pies» del
amo blanco. Angola exportaba esclavos bantúes y colmillos de ele-
fante a cambio de ropa, bebidas y armas de fuego; pero los mineros
de Ouro Preto preferían a los negros que venían de la pequeña playa
de Whydah, en la costa de Guinea, porque eran más vigorosos, dura-
ban un poco más y tenían poderes mágicos para descubrir el oro.
Cada minero necesitaba, además, por lo menos una amante negra de
Whydah para que la suerte lo acompañara en las exploraciones
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. La
explosión del oro no sólo incrementó la importación de esclavos, sino
que además absorbió buena parte de la mano de obra negra ocupada
en las plantaciones de azúcar y tabaco de otras regiones de Brasil, que
quedaron sin brazos. Un decreto real de 1711 prohibió la venta de los
esclavos ocupados en tareas agrícolas con destino al servicio en las
minas, con la excepción de los que mostraran «perversidad de carác-
ter». Resultaba insaciable el hambre de esclavos de Ouro Preto. Los
negros morían rápidamente, sólo en casos excepcionales llegaban a
soportar siete años continuos de trabajo. Eso sí: antes de que cruza-
ran el Atlántico, los portugueses los bautizaban a todos. Y en Brasil
tenían la obligación de asistir a misa, aunque les estaba prohibido
entrar en la capilla mayor o sentarse en los bancos.
A mediados del siglo
XVIII, ya muchos de los mineros se habían
trasladado a la Serra do Frio en busca de diamantes. Las piedras
cristales que los cazadores de oro habían arrojado a un costado mien-
tras exploraban los lechos de los ríos habían resultado ser diamantes.
Minas Gerais ofrecía oro y diamantes en matrimonio, en proporcio-
nes parejas. El floreciente campamento de Tijuco se convirtió en el
centro del distrito diamantino, y en él, al igual que en Ouro Preto, los
ricos vestían a la última moda europea y se traían desde el otro lado
del mar las ropas, las armas y los muebles más lujosos: horas del
delirio y el derroche. Una esclava mulata, Francisca da Silva, con-
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C. R. Boxer, op. cit. En Cuba se atribuían propiedades medicinales a las
esclavas. Según el testimonio de Esteban Montejo, «había un tipo de enfer-
medad que recogían los blancos. Era una enfermedad en las venas y en las
partes masculinas. Se quitaba con las negras. El que la cogía se acostaba con
una negra y se la pasaba. Así se curaban en seguida». Miguel Barnet, Biogra-
fía de un cimarrón, Buenos Aires, 1968.