FIEBRE DEL ORO, FIEBRE DE LA PLATA
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también de brazos esclavos para trabajar las minas, no demoraron en
abalanzarse sobre las tierras cuando los cultivos ofrecieron ganancias
tentadoras. El despojo continuó todo a lo largo del tiempo, y en 1969,
cuando se anunció la reforma agraria en el Perú, todavía los diarios
daban cuenta, frecuentemente, de que los indios de las comunidades
rotas de la sierra invadían de tanto en tanto, desplegando sus banderas,
las tierras que habían sido robadas a ellos o a sus antepasados, y eran
repelidos a balazos por el ejército. Hubo que esperar casi dos siglos
desde Túpac Amaru para que el general nacionalista Juan Velasco
Alvarado recogiera y aplicara aquella frase del cacique, de resonancias
inmortales: «¡Campesino! ¡El patrón ya no comerá más tu pobreza!».
Otros héroes que el tiempo se ocupó de rescatar de la derrota
fueron los mexicanos Hidalgo y Morelos. Miguel Hidalgo, que había
sido hasta los cincuenta años un apacible cura rural, un buen día echó
a vuelo las campanas de la iglesia de Dolores llamando a los indios a
luchar por su liberación: «¿Queréis empeñaros en el esfuerzo de
recuperar, de los odiados españoles, las tierras robadas a vuestros
antepasados hace trescientos años?». Levantó el estandarte de la vir-
gen india de Guadalupe, y antes de seis semanas ochenta mil hom-
bres lo seguían, armados con machetes, picas, hondas, arcos y fle-
chas. El cura revolucionario puso fin a los tributos y repartió las tie-
rras de Guadalajara; decretó la libertad de los esclavos; abalanzó sus
fuerzas sobre la ciudad de México. Pero fue finalmente ejecutado, al
cabo de una derrota militar y, según dicen, dejó al morir un testimo-
nio de apasionado arrepentimiento
54
. La revolución no demoró en
encontrar un nuevo jefe, el sacerdote José María Morelos: «Deben
tenerse como enemigos todos los ricos, nobles y empleados de pri-
mer orden...». Su movimiento –insurgencia indígena y revolución
social– llegó a dominar una gran extensión del territorio de México,
hasta que Morelos fue también derrotado y fusilado. La independen-
cia de México, seis años después, «resultó ser un negocio perfecta-
mente hispánico, entre europeos y gentes nacidas en América... una
lucha política dentro de la misma clase reinante»
55
. El encomendado
fue convertido en peón y el encomendero en hacendado
56
.
54
Tulio Halperin Donghi, Historia contemporánea de América Latina, Madrid,
1969.
55
Ernest Gruening, Mexico and its Heritage, Nueva York, 1928.
56
Alonso Aguilar Monteverde, Dialéctica de la economía mexicana, México, 1968.