EL REY AZÚCAR Y OTROS MONARCAS AGRÍCOLAS
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golpes y pueden herir en la cabeza a un esclavo eficiente, que vale
mucho dinero, y perderlo»
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. En Cuba, los mayorales descargaban
sus látigos de cuero o cáñamo sobre las espaldas de las esclavas
embarazadas que habían incurrido en falta, pero no sin antes acos-
tarlas boca abajo, con el vientre en un hoyo, para no estropear la
«pieza» nueva en gestación. Los sacerdotes, que recibían como diez-
mo el cinco por ciento de la producción de azúcar, daban su abso-
lución cristiana: el mayoral castigaba como Jesucristo a los pecado-
res. El misionero apostólico Juan Perpiñá y Pibernat publicaba sus
sermones a los negros: «¡Pobrecitos! No os asustéis porque sean
muchas las penalidades que tengáis que sufrir como esclavos. Es-
clavo puede ser vuestro cuerpo: pero libre tenéis el alma para volar
un día a la feliz mansión de los escogidos»
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.
El dios de los parias no es siempre el mismo que el dios del
sistema que los hace parias. Aunque la religión católica abarca, en la
información oficial, el 94 por ciento de la población de Brasil, en la
realidad la población negra conserva vivas sus tradiciones africanas
y viva perpetúa su fe religiosa, a menudo camuflada tras las figuras
sagradas del cristianismo
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. Los cultos de raíz africana encuentran
amplia proyección entre los oprimidos –cualquiera que sea el color
de su piel. Otro tanto ocurre en las Antillas. Las divinidades del
vudú de Haití, el bembé de Cuba y la umbanda y la quimbanda de
Brasil son más o menos las mismas, pese a la mayor o menor trans-
figuración que han sufrido, al nacionalizarse en tierras de América,
los ritos y los dioses originales. En el Caribe y en Bahía se entonan
los cánticos ceremoniales en nagô, yoruba, congo y otras lenguas
africanas. En los suburbios de las grandes ciudades del sur de Brasil,
en cambio, predomina la lengua portuguesa, pero han brotado de
la costa del oeste de África las divinidades del bien y del mal que han
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Roberto C. Simonsen, História econômica do Brasil (1500-1820), São Paulo,
1962.
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Manuel Moreno Fraginals, op. cit. Un jueves santo, el conde de Casa Bayona
decidió humillarse ante sus esclavos. Inflamado de fervor cristiano, lavó los
pies a doce negros y los sentó a comer, con él, a su mesa. Fue la última cena
propiamente dicha. Al día siguiente, los esclavos se sublevaron y prendie-
ron fuego al ingenio. Sus cabezas fueron clavadas sobre doce lanzas, en el
centro del batey.
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Eduardo Galeano, Los dioses y los diablos en las favelas de Río, en Amaru,
núm. 10, Lima, junio de 1969.