EL REY AZÚCAR Y OTROS MONARCAS AGRÍCOLAS
87
azucarero. Fue una crisis definitiva. Se prolonga, arrastrándose pe-
nosamente de siglo en siglo, hasta nuestros días.
El azúcar había arrasado el nordeste. La franja húmeda del litoral,
bien regada por las lluvias, tenía un suelo de gran fertilidad, muy rico
en humus y sales minerales, cubierto por los bosques desde Bahía
hasta Ceará. Esta región de bosques tropicales se convirtió, como
dice Josué de Castro, en una región de sabanas
5
. Naturalmente naci-
da para producir alimentos, pasó a ser una región de hambre. Donde
todo brotaba con vigor exuberante, el latifundio azucarero, destruc-
tivo y avasallador, dejó rocas estériles, suelos lavados, tierras
erosionadas. Se habían hecho, al principio, plantaciones de naranjos
y mangos, que «fueron abandonadas a su suerte y se redujeron a
pequeñas huertas que rodeaban la casa del dueño del ingenio, exclu-
sivamente reservadas a la familia del plantador blanco»
6
. Los incen-
dios que abrían tierras a los cañaverales devastaron la floresta y con
ella la fauna; desaparecieron los ciervos, los jabalíes, los tapires, los
conejos, las pacas y los tatúes. La alfombra vegetal, la flora y la fauna
fueron sacrificadas, en los altares del monocultivo, a la caña de azú-
car. La producción extensiva agotó rápidamente los suelos.
A fines del siglo
XVI, había en Brasil no menos de 120 ingenios, que
sumaban un capital cercano a los dos millones de libras, pero sus
dueños, que poseían las mejores tierras, no cultivaban alimentos. Los
importaban, como importaban una vasta gama de artículos de lujo
que llegaban, desde ultramar, junto con los esclavos y las bolsas de
sal. La abundancia y la prosperidad eran, como de costumbre, simé-
tricas a la miseria de la mayoría de la población, que vivía en estado
crónico de subnutrición. La ganadería fue relegada a los desiertos del
interior, lejos de la franja húmeda de la costa: el sertão que, con un par
de reses por kilómetro cuadrado, proporcionaba (y aún proporcio-
na) la carne dura y sin sabor, siempre escasa.
De aquellos tiempos coloniales nace la costumbre, todavía vigente,
de comer tierra. La falta de hierro provoca anemia; el instinto empuja
a los niños nordestinos a compensar con tierra las sales minerales que
no encuentran en su comida habitual, que se reduce a la harina de
mandioca, los frijoles y, con suerte, el tasajo. Antiguamente, se castiga-
5
Josué de Castro, Geografía da fome, San Pablo, 1963.
6
Ibíd.